Siempre será bueno tener amigos que traspasen las fronteras tangibles con los que se pueda pasear a través del camino impredescible del pensamiento.

miércoles, abril 15, 2009

Poema mediocre hacia un hijo

De peluche es nuestro hijo
inmóvil puercoespín no se limita
omnipresente,
como un dios vigila
el destino de sus creadores
ficción universal.
La familia lo acoge
entra en su juego
a nadie inmuta
su indiferencia
en silencio
en cuatro patas
al piso o al aire
en la acera
en la pirámide
en el auto
en la playa
contagia su risa muda
su alegría contenida
su ternura deseada
y sus creadores
ahora todos
obra y autor.

miércoles, diciembre 17, 2008

Trabajando como Infiltrado

Malestar gastroeconómico

Traigo un coraje atravesado desde el mediodía. En casa evito tocar el tema con mi hermana mientras comemos. Deseo leer pero no puedo concentrarme. A mí no me engañan, el problema real es esa enorme vanidad gerencial de cumplir con los objetivos aunque la situación económica del mundo entero sepamos TODOS que es adversa. La Compañía viene creciendo más del 18% vs el año pasado, a pesar de que la economía del país se encuentra más que estancada. ¿No es eso un excelente resultado? Pues desde la cima parece no verse igual y se preguntan: “¿cómo vamos a explicar que no llegamos al objetivo del 20%?...” ¡Eureka! (no necesitamos ser Arquímides para vislumbrar la obvia respuesta), sin embargo, alguien por ahí plantea LA solución (otra, la más conveniente): “hagamos una reducción de personal”. Y afortunadamente para su causa existen esos compañeros de trabajo (aunque se les niegue ese derecho contratándolos a través de una agencia que administra su nómina ofreciéndoles prestaciones menores a las del resto de los empleados, a veces menores a las de la ley) de los que se puede prescindir, esos que en el cine equivalen a los extras, los que nadie ve, aquellos que en el medio de las tiendas de autoservicio pierden su identidad al ser llamados más bien por el nombre de su empresa: los promotores, las demostradoras, etc. No es difícil imaginar una nueva versión de Los Olvidados de Buñuel en este medio, con jefes de departamento en las tiendas que descargan su éxtasis de poder parcial contra ellos, quizá resentidos por las jornadas de trabajo que padecen (no se puede decir de otra manera) de más de 12 horas al día con descanso entre semana.

En cada junta con estos pseudo-compañeros se pretende convencerlos de que son parte de una empresa excepcional: líder en su ramo, responsable socialmente, orientada al consumidor, preocupada por su personal. ¿Y dónde queda la responsabilidad social cuando se hace un recorte de personal aún cuando la empresa sigue incrementando sus ventas? ¿Y la orientación al consumidor se demuestra incrementando precios incluso por encima de la inflación? ¿Y la preocupación por su personal es debido a que el poder adquisitivo decrece día con día? En varias ocasiones he conversado sobre estos temas con compañeros de trabajo que han terminado en discusiones efervescentes. Su argumento: “¿si tuvieras una empresa te gustaría perder dinero?” Mi respuesta siempre será: “no, pero me sentiría satisfecho si ganara menos pero con eso apoyara a la gente que con su trabajo diario sostiene a la empresa, y a la sociedad premiando al consumidor por su lealtad al no incrementar los precios”.

Definitivamente necesitamos un gran pacto nacional, que no sólo involucre a las personas físicas sino también a las personas morales. Las empresas tienen que tener un papel más activo en el desarrollo de la sociedad, pues a ella se deben.

La fábula del taxista pesimista y su colega optimista

Este entorno de crisis colectiva me recuerda lo acontecido durante los días que estuve incapacitado por el choque. Me tocó abordar varios taxis, aunque dos de esas experiencias fueron particulares. En ambas ocasiones comencé hablando con los taxistas como empiezan todas las pláticas entre extraños, tomando alguno de los temas más recurrentes en los medios, en este caso: la situación económica.

El primer taxista, un hombre pequeño de más de setenta años, se dedica al ruleteo pues empezó a trabajar en un taller mecánico desde niño para apoyar a sus padres. No pudo estudiar pero se le abrió la oportunidad de mejorar su vida cuando un cliente del taller pidió al dueño que le recomendara un chofer para manejar su taxi. Esta labor le ayudó a sacar adelante a su familia, todos sus hijos pudieron estudiar, aunque uno de ellos es abogado y presiente que anda en malos pasos. Se siente golpeado por las medidas del gobierno, por la situación económica en la que nos han metido. Exaltado me dice que gente como yo no le da trabajo a gente como él por su edad. Yo tengo prisa por llegar a la oficina, así que no le respondo aunque pienso en un tema que me ha ocupado varios pensamientos: la discriminación inversa, así llamo a aquella que se da del estrato social denominado bajo hacia la gente de mayores posibilidades económicas. Esa misma actitud del taxista la he observado en gente de diversas profesiones, oficios y edades, una especie de rencor hacia los que tienen mayores posibilidades económicas. Esta es una de las principales razones por las que los criminales de clase baja no perciben maldad en sus actos, o por lo menos la atenúan. Sólo resta decir que desapruebo rotundamente cualquier tipo de discriminación, incluida esta que llamo inversa.

El segundo taxista, un hombre de mal aspecto, sin rasurar, vistiendo una sudadera deportiva, me comentó que hay zonas a las que varios de sus compañeros no se animan a entrar por temor a ser asaltados. Sonriendo menciona que él no se asusta, que a donde le pidan va. Los viajes por día se han reducido un poco, pero la suerte le ha ayudado para encontrar viaje de vuelta después de dejar a pasajeros que lo alejan de su zona. Ese es el tipo de cosas que le alegran el día.

Días después de estos encuentros pienso en los diferentes puntos de vista que podemos aplicar para la misma situación. En realidad pueden no cambiarla, pero al influir en el entorno tarde o temprano influirán también en la persona. Uno decide en cierta parte lo que le influye.

viernes, agosto 29, 2008

El Tiempo

Hay algo en el paso del tiempo,
velo delgado se posa en los recuerdos
que opaca hasta esconderlos
en la oscuridad de la memoria

Lo observo lento
se posa imperceptible
casi invisible
encuentra su aposento

Veo a través de él
me jala hacia adelante
me aleja de mí
o quizá me acerca

viernes, julio 25, 2008

Vacaciones a Guerrero y Veracruz

El Inicio.

El sábado 12 celebro los siete meses de noviazgo con Itzuri, mejor conocida como Tury... Por la tarde vemos a sus amigos Ulises y Vanessa, para comprar las provisiones... Me parece envidiable la amistad que mantienen ellos tres por la cotidianidad que les da el hecho de vivir en la misma unidad habitacional desde niños. El motivo del viaje es festejar el cumpleaños de Tury, y de ambos amigos ya que, detalle curioso, cumplen en fechas cercanas, situación que desmiente todas las versiones de horóscopos que mencionan que las personas del mismo signo zodiacal no son compatibles.

1ª parte de las vacaciones: Playa Ventura, Guerrero.

El viaje dura más de lo que esperábamos, después de la desviación hacia Pinotepa en la entrada de Acapulco todavía se recorren varios kilómetros hacia Playa Ventura, lo que hace que en total nos tome más de 7 horas llegar, tiempo que se aligera con buena variedad de música... Seis personas en un auto disponiéndonos a disfrutar unos días fuera de la ciudad, me viene a la mente los traslados de Celaya a Guanajuato y a San Miguel de Allende con mis amigos Oscar, Edgar, Gustavo, Ale Gomes y su hermana Mariana... Nos auto-denominábamos “Los Otros 6” después de haber leído dicho cuento de Monterroso. Durante nuestros encuentros siempre ocurría algo que rompía el esquema, aquella ocasión no fue la excepción, por la noche regresando de Guanajuato hacia Celaya tomamos accidentalmente una carretera federal que se fue oscureciendo hasta convertirse en un auténtico agujero negro que nos devolvió a Celaya.

Hacemos varias paradas para preguntar y cerciorarnos que vamos por el camino correcto, hasta que encontramos la salida con el camino de terracería, y finalmente arribamos a Playa Ventura. Más adelante, se encuentra la playa de Marquelia, donde hace más de un año estuve con mis amigos “bizarros”...

Playa Ventura es un pueblo pequeño, lo recorremos en medio de la tierra que se levanta con nuestro paso a través de su única avenida, paralela a la costa. La Caracola se encuentra en uno de los extremos, es un pequeño lugar rústico para un máximo de 12 huéspedes, propiedad de una mujer de tez clara con la que trabajan dos chicas muy alegres menores de edad, seguramente originarias del pueblo. Estacionamos el auto debajo de un techado de palma y una de las chicas nos muestra la palapa central, donde hay tres cuartos elevados en lados opuestos que no tienen puerta, sólo una cortina que no logra cubrir el total de la entrada. Frente a ellos, bajando unas escaleras, pero todavía arriba, una sala con hamacas y sillas. Adelante, frente a la playa, hay una especie de bar abierto que a un costado tiene un área con asador, y junto a la salida para la playa hay una alberca de baja profundidad. Del lado contrario al asador están un par de conos invertidos que también son pequeñas habitaciones con un colchón en su interior que abarca prácticamente su totalidad. A todos nos agrada el lugar y pagamos por anticipado las dos noches de hospedaje.

No hay más huéspedes que nosotros, eso nos provoca una sensación agradable de estar en una fiesta privada. El pueblo es tranquilo, la comida es buena, la temperatura de la alberca adecuadamente tibia. Con Itzuri... hace una semana fuimos a Cuernavaca con mi familia al bautizo de mi sobrina Isabela pero regresando el mismo día. Eso no fue obstáculo para que externáramos nuestro lado infantil jugando con mis sobrinos en el brincolín...

Regresamos el martes por la tarde, parando en Tres Marías para comer las tradicionales quesadillas y tacos de cecina. Se podría decir que es una tradición familiar heredada, disfruto mucho esos momentos en que se hace una parada en el camino, ya sea de la autopista o de la vida, para tomar fuerzas, ya sea alimentándose o reflexionando. De vuelta en la ciudad el tráfico nocturno hace pesado el recorrido completo de Insurgentes, lo que me hace regresar hasta la media noche a mi departamento para preparar la maleta para Veracruz y dormir un poco.

2ª parte de las vacaciones: El Pital, San Rafael, Veracruz.

16 de julio de 2008: Dormí poco pero descansé bien, empaco de último momento los libros que me acompañarán en este viaje: El Arte de la Fuga de Sergio Pitol, y Benzulul de Eraclio Zepeda. Llego a casa de Tury a las 8 am y casi olvido felicitarla por su cumpleaños. Como es casi costumbre salimos alrededor de una hora después, esta vez nos retrasan algunos contratiempos pero finalmente no me agobio, estamos de vacaciones con tiempo suficiente, dedicados exclusivamente a festejar. El autobús sale de la Tapo a las 10 am, esta vez sin contratiempos. Con nuestro almuerzo bajo el brazo, comprado en la tienda de la central de autobuses, nos embarcamos una vez más en un estrecho mar de asfalto, en esta ocasión para visitar a la familia de Tury, en la costa del Golfo de México, costa opuesta al Pacífico en qué estuvimos los días anteriores.

Muchas horas de asiento, Tury duerme como bebé, yo la contemplo y me enamoro más con cada cabello que le acaricio. Intento dormir pero no lo consigo, escucho música, veo en la televisión del autobús una película que me parece terrible, creo que se llama El Marín... Al final del trayecto pasamos por Tecolutla, Martínez de la Torre y bajamos en San Rafael, antes de llegar a Nautla. Tomamos un taxi colectivo, $7 por persona, que nos deja en el ejido de El Pital. La bienvenida por parte de la abuela Clara que está cuidando a la bisabuela no pudo ser mejor, tamales de pollo en chileajo listos para ser devorados por dos hambrientos y fatigados viajeros, entre los dos quedamos bastante cerca de la docena.

El día siguiente Tury y yo preparamos jugo de naranja, me doy cuenta que no puede haber algo mejor para el desayuno: tamales de pollo en chileajo, excelentes para cualquier ocasión. Afortunadamente, me he acostumbrado gradualmente al sabor picante con que cocina la familia de Tury. Cuando estamos por salir hacia Costa Esmeralda la señora Clara saca un poco de cerdo en chileajo y Juanita, la señora que ayuda en la casa, hace unas tortillas, por lo que decidimos recuperar el alimento no ingerido el día anterior y volvemos a desayunar. Después de caminar un buen rato en la playa con Tury y su mamá, nos metemos al mar que está muy sereno y dormimos un rato a la sombra. De regreso la comida está lista, hay robalo frito. No soy muy afecto al pescado entero pero la educación de mis padres respecto a la comida en casa ajena me hace iniciar no muy convencido, para fascinarme subsecuentemente con el sabor del pescado que estoy comiendo y repetir la dosis. Por la noche tenemos pensado ir al Carnaval de San Rafael, pero los excesos culinarios nos tienen un poco maltrechos y decidimos acompañar a una tía con los niños al pequeño circo que recién llegó por la tarde al pueblo, el de los hermanos Abadilla. La carpa, a pesar de ser pequeña, está a dos terceras partes, y los niños presentes constantemente pierden la atención a lo que sucede en el escenario. Hace unas semanas leía como el teatro de revista desapareció con la llegada de la televisión, el músico Enrique Quezadas Luna toca el tema por la afectación que tuvo en su padre que era bailarín profesional en su sabrosa novela Crónica de una Hoguera. Es triste ver que otra antiguo entretenimiento como el circo se vaya diluyendo en el gusto del público y que a los niños sea cada vez más difícil sorprenderlos y entretenerlos.

Por la noche acordé ver temprano al tío Beto, que vive a un costado, para hacer una visita guiada a los platanares, principal cultivo de El Pital. Antes desayuno chilehuevillo, al salir Tury todavía soñolienta, su tío la bromea por no haberse levantado a atenderme. Ella sonríe dejando resbalar el comentario. En camino a su parcela, don Beto me va mostrando las diferentes etapas del plátano criollo y del macho en su desarrollo hasta la madurez, a la planta le crecen “hijos” a un lado que toman su lugar después de que da su penca y se seca, coincidimos que es algo similar a lo que le sucede al hombre con sus descendientes. De regreso en casa, después de leer un rato llega el tío Lalo, conocido por todos como el tío Loco. Ya me lo habían comentado, que con unas cervezas bien frías se platica a gusto con él. Hablamos de sus parrandas, de cómo una vez se gastó en la cantina el dinero que su hermano le dio para la mamá, de que lo invitan a fiestas y unos amigos hasta le tienen ya un cuarto reservado en su casa. Pero también nos platicó de cómo administra sus tierras, dividiendo desde siempre en dos partes, una para él y la otra “para la tierra”, esto es, para lo relacionado con la siembra y la cosecha. Y el consejo que le dio a su “nuero” de no dar todo el dinero a la mujer, ni de dar el gasto por las necesidades que van surgiendo, sino dar una cantidad semanal y quedarse con dinero para los gastos de uno. Mientras platicamos pasa en varias ocasiones una motocicleta que vende tortillas por las calles, se acerca gente a la entrada de la casa ofreciendo fruta fresca, y un señor mayor con un canasto que lleva más de 35 años vendiendo pan por las calles de éste y otros pueblos. Mientras platicamos y bebemos cerveza tras cerveza la abuela Clara sirve unos camarones enchipotlado, unas rebanadas de robalo frito y unas tortillas. Nos comenta el tío sobre el origen del nombre del pueblo. Cuando se fundo había mucha penca de Pita que actualmente todavía se utiliza para hacer cinturones de alto valor.

Despierto, como todos los días que estuvimos en el pueblo, desde las 6 am, la vida relajada del pueblo no me permite dormir más. Tomo nuevamente El Arte de la Fuga, la desaparición de cafés y librerías, en Roma y en cualquier lado, el deterioro de los lugares de la niñez, la herida del tiempo, esas pérdidas que sufre Pitol y que nos pertenecen y acongojan a todos porque, como dice el mismo, “cada uno de nosotros es todos los hombres”. Después cita la definición de Bobbio del hombre civilizado, aquél que “le gustaría vivir en un mundo donde no existieran vencedores ni vencidos”. Pienso en estos días de paz, en la cordialidad que se me contagia cuando salimos a la calle a recibir los buenos días de todo aquél que encontramos. Desayunamos empanadas de jaiba, con salsa de chiltepín pedida diariamente por Tury. Salimos a dar la vuelta a Martínez de la Torre, mayor productor de naranja a nivel nacional, un agua de piña nos refresca mientras el calor está al máximo. Vamos a nadar al balneario Reino Alegría, y regresamos a comer a Martínez de la Torre en el merendero Río del Mar, a un lado del río Bobos, yo me extasío con un coctel de camarón, chicharrón de robalo y agua de durazno. Por la noche salimos a saludar a Lupe, que tiene un puesto de garnachas, tortilla bañada en una salsa parecida al mole con unas cuantas hebras de carne, casi imperceptibles.

El domingo nuevamente el desayuno es verdaderamente apetitoso, enchiladas de chiltepín espolvoreadas con un exquisito queso y a un lado frijoles negros. Nos recostamos un rato en la hamaca, y posteriormente comemos pollo en chiltepín para ir a San Rafael, al carnaval. Disfrutamos el paseo de los carros alegóricos en la calle con unas cervezas heladas. Encontramos a algunos familiares de Tury, entre ellos una prima que estudia en Veracruz que nos invita a visitarla por allá. En la plaza central hay un poco de baile, posteriormente los animadores de una cervecería incitan a los jóvenes de ambos sexos a bailar sensual frente a todos. Se genera una pequeña pelea, nos vamos a sentar a un café mientras pasa la agitación de la gente, minutos después se tranquilizan los ánimos y decidimos marcharnos.


Es el último día de mis vacaciones, despertamos temprano para preparar las maletas y subirlas al coche. Acomodamos en la cajuela una rejilla y dos bolsas con la fruta que nos regalaron: naranja, mango y plátano. No podemos resistir la tentación de desayunar lo que prepara Juanita, unas gorditas, o pellizcadas como les conocen en otros lados, con salsa de chiltepín y queso, que nosotros complementamos con frijoles negros. Llega el tiempo de partir, de cerrar un capítulo más de la vida. Veo en retrospectiva todo lo acontecido, quizá no todo este escrito aquí, todo ocurrió como ocurren los eventos alegres, de un modo fugaz pero con una estela de buen sabor con duración permanente.

jueves, noviembre 08, 2007

Historias de Don Eraclio Zepeda en el Festival de la Palabra

Varios fueron los momentos gratos durante el Festival de la Palabra 2007, tiempo de reflexión y de aprendizaje. Sin embargo, quizá el momento más sabroso del menú literario fue durante la participación Don Eraclio Zepeda (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1937). Previo a su participación se sentó casualmente a mi lado, mientras Pedro de los Ángeles analizaba la obra de Manuel Ponce Zavala. La sala no tenía buena acústica y él preocupado me preguntó si yo podía escuchar algo, porque él no.

Llegó su turno al frente, prefirió abstenerse de usar el micrófono y el tema del festival, la muerte en la literatura, para él no pudo ser mejor. Nos comentó que no es creyente, y que los creyentes tienen la ventaja de estar seguros de otra vida. Después platicó sobre Don Valentín, un viejo que no sabía leer letras, pero fue un hombre muy sabio, porque podía leer el canto de los pájaros y el movimiento de las muchachas. Aquél viejo compraba El Heraldo porque era el único periódico con fotos a color, y durante el día se le veía hojeándolo. Si veía una foto de Reagan sonriendo decía que el mundo estaba jodido. Ese viejo sabio le contó varias historias.

Un día soñó un viaje, en una cueva encontró a Dios y al Diablo jugando cartas, eran buenos amigos. Dejaban sus aditamentos sobre la mesa e intercambiaban sus roles momentáneamente. Y así seguían jugando, sabiendo que ambos eran necesarios para el equilibrio.

En el pueblo había señoras que se dedicaban a guardar en pequeños frascos el último suspiro de las personas antes de morir. Cuando se acercaba el final le amarraban al moribundo un paliacate en la cabeza, de arriba hacia abajo, para detener su boca y así evitar que se abriera y escapara así su último suspiro. Algunas de estas señoras vendían los frascos a los familiares, otras los almacenaban en una vitrina. Ese era el caso de una señora, a la que un día se le vinieron abajo todos los frascos, escuchándose todos los suspiros que escapaban de su celda.

Otro día se enteró que un hombre llevaba muchos días desaparecido en el cerro. La esposa de este le pidió que lo buscara, estaban seguros que estaría muerto. Don Valentín encontró los huesos al lado de un árbol, desarmó el esqueleto para guardar los huesos en un costal, y mientras lo hacía los iba reconociendo. En la columna identificó, alternados en su larga forma, un hueso pequeño que se le asemejaba a un murciélago, después uno igual de mayor tamaño, observó que se repetían: murcielaguito, murcielagón, muercielaguito, murcielagón... Él platicaba que las personas cuya columna terminan en murcielaguito son las que sólo saben decir “si”, que son buenos para obedecer, como los criados.

En un festejo poco común como son las Bodas de Diamante, después de la comida y de un poco de baile escuchó al marido decir “con esta mujer no se puede vivir”. Reconoció que esa era la mayor declaración de amor que jamás había escuchado ya que, a pesar de eso, seguían juntos después de 75 años de matrimonio.

lunes, octubre 15, 2007

Presentación de “Portarrelatos” de José de la Colina

Quizá fue por el partido de México o por el cierre de Reforma, el caso es que poca gente asistió a la presentación del nuevo libro de José de la Colina “Portarrelatos”. Sin embargo, eso no opacó el evento en el que pudimos apreciar muy de cerca el ingenio y buen humor del autor. En su participación comenzó ironizando sobre una posible falla en los micrófonos pues no se escucharon suficientes elogios hacia él, después de la introducción del escritor Javier García-Galiano, el empresario del mazapán Toledo como lo llama el propio Colina, y de una carta enviada con ese mismo tono por Marcial Fernández, quien no pudo asistir. Asimismo, entre el público se encontraba el cineasta Jaime Humberto Hermosillo, buen amigo del escritor, quien más tarde y de manera espontánea ayudó a enriquecer esa amena reunión.

El autor nos platicó sobre la idea de hacer este libro, originado por esa mente creativa que desde joven ha imaginado lo que hubiera ocurrido con algunos hechos históricos si cambiaba alguna circunstancia. Es debido a eso, que en este libro se pasean diversos autores clásicos con los que juega la imaginación de Colina, creando una especie de realidades alternas a las historias originales. José nos leyó, por ejemplo, la versión de Kafka en el estilo de Cervantes, Pascal, Beckett, Lautremont, y de un anuncio de periódico. Con esto, Portarrelatos es un libro que además de ser ameno puede tener la capacidad de despertar el interés por leer los grandes clásicos.

En un país que lee poco la reducida asistencia a este tipo de eventos puede parecer normal, sin embargo, para los que gustamos de dicha actividad esto se vuelve algo imprescindible para conocer de cerca a los autores y aprender más sobre ellos y su obra. Y para los que no leen, sería una gran oportunidad para perder el miedo a los libros y, porqué no, iniciarse en ese maravilloso mundo de la lectura.

viernes, agosto 31, 2007

La mano ausente

Ya no recuerdo el accidente o, más bien, prefiero no recordarlo, eso cada día es más intrascendente. El hospital, tampoco agradable recordarlo, pero lo viví más consciente, quizá por el miedo a perpetuar otro hueco en la memoria, quizá por las varias ocasiones y múltiples horas que pasé ahí. En un recuerdo fresco, el olor inconfundible del quirófano, varios doctores entrando y saliendo mientras los camilleros me “depositaban ahí” (me parece correcta esta acepción puesto que así lo vive uno), la instrumentista acomodando sus materiales, y en el fondo auditivo el disco “Hail to the thief” de Radiohead en el IPOD de uno de los residentes…

Días después fue que desperté a mi realidad incompleta frente al espejo, no sólo era la mano que me faltaba físicamente, me faltaba también vida en la mirada, en la expresión facial, en mis pasos, en mi voz, y en todo lo que hacía. Al principio creí, ingenuamente, que podría ocultarlo, me lo negaba o lo veía como algo transitorio, como un mal sueño. Pero el trabajo, la convivencia, la cena, el cine, en resumen: todo resultó afectado por la amputación. Yo me lamentaba una y otra vez, guardé mucho rencor hacia mí y, principalmente hacia la mano ausente que dolía, con punzadas cada día más fuertes en toda la palma. Un día tomé un cuchillo e intenté cortarla, dejé varias marcas en la mesa pero el dolor continuaba, y la mano ausente. Desesperado, jalé con tanta fuerza mis cabellos que los arranqué, con dicha mano. Seguramente un qualia nacido por esa añeja costumbre.

Quizá cuestión de tiempo, o más bien cuestión de costumbre, el dolor de la mano fue disminuyendo. Todavía estoy adecuándome a vivir así.